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miércoles, abril 15, 2026
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ArtBo fin de semana también estará presente en la Galeria Nueveochenta

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En ARTBO fin de semana 2026, la Galería Nueveochenta presenta en la sala principal la serie de dibujos más reciente del artista colombiano Kevin Simón Mancera (Bogotá, 1982). Para esta edición, invitamos al artista venezolano Juan Iribarren (Caracas, 1956) a exponer en la sala de proyectos de Nueveochenta su producción más reciente de pinturas.

Juan Iribarren. Fotografía colección privada

Texto exposición Juan Iribarren:

De Visu Juan Iribarren 16 de abril al 28 de mayo Conversatorio – sábado 18 de abril de 2026, 3:00 p.m.

La pintura moderna en Venezuela está asociada a la luz, acaso más que en ningún otro lugar de América. Sucede que el primer pintor venezolano rigurosamente moderno, Armando Reverón, a través de la luz, vulnerable ante su exceso, hizo coincidir la materialidad de la pintura con la realidad representada hasta no poder distinguir la una de la otra. Es una verdad a menudo obliterada, sin embargo, que este fundacional encuentro con la luz como vía de modernidad se tradujo en Reverón, paradójicamente, por una pintura de sombras: en ella los cuerpos se presentan en estado de eclipse, la materia a contraluz se esfuma, con su textura rugosa ante la solaridad del mundo.

Juan Iribarren (Caracas, 1956) pertenece a la saga de los pintores que han dado continuidad a esta tradición y a los desafíos de la luz en la pintura. No son abundantes quienes en Venezuela han seguido este camino, más bien un reducido grupo de artífices, en cuyas obras se dibuja la resistencia a un dictado también moderno, encarnado por las vanguardias cinéticas, con el cual se privilegió los efectos feéricos del color y del movimiento en detrimento de la elocuencia melancólica y quieta de las sombras. No en balde ello, dos artistas entre los fundadores de la modernidad, Alejandro Otero y Gego, significativa y sucesivamente, al inicio y al fin de la historia de la abstracción venezolana, en contra de aquel dictado, encontraron en el repertorio de las sombras un recurso principal para la resonancia de sus obras.

La obra de Juan Iribarren se inscribe en la estela de ese legado. Desde finales de los años 1980 la pintura de Iribarren se erige como un campo de tensiones estéticas entre la topología del cuadro/soporte y el lugar perceptivo donde los objetos visibles, que también se presentan vulnerables ante la luz natural, pueden hasta perder su identificación en la representación. Pintura de visu, siempre derivada del acto de ver las coordenadas específicas del espacio real, la de Iribarren se traduce por enfáticas estructuras gráficas que anclan, enmarcan o naufragan en resplandecientes campos de luz-color-atmósfera. La materia a contraluz, la línea fosca, umbrosa, y la incerteza del espacio iluminado conviven en cada uno de estos cuadros. Es posible vincularlos con las primeras obras abstractas de Alejandro Otero -líneas inclinadas, objetos descompuestos en síntesis cromáticas- y con algunas estructuras gráficas de Gego, dibujos, grabados y dibujos sin papel. También son evidentes, transfiguradas como rastros de sus obras en alteridades contemporáneas, algunas figuras tutelares del artista, Henri Matisse, Giorgio Morandi o Richard Diebenkorn, cuya latencia se hace presente en el sótano de la memoria visual de Juan Iribarren.

Hay, sin embargo, una particularidad en esta pintura que a mi juicio la hace sobresalir con relación a sus precedentes históricos: cada cuadro resulta de la sobreposición en la imagen de una misma coordenada espacial, sobre la cual el artista retorna en el proceso de la pintura, marcando sutiles diferencias, como si la unidad de la presencia plástica sólo pudiera surgir del intento repetido, en cada obra, por dar cuenta, en variedad potencialmente inextinguible, de una específica circunstancia visiva, sedimentando en la imagen sus variaciones temporales. Juan Iribarren sigue así la vía inversa de la abstracción moderna: no proceden sus obras de una síntesis de la realidad concreta y perceptible sino al contrario, encuentran en ella, y en cada una de sus circunstancias perceptivas, en cada coordenada del espacio que el pintor observa en cuanto elabora sus obras, las matrices puramente abstractas para su pintura, dando cuenta con exactitud cromática insólita, a la vez, de la certeza de la luz local y de la incertidumbre metaestable del espacio. Cada imagen es el resultado de un proceso de acumulación de sus propios entramados gráficos, la repetición estructural de lo mismo generando la densidad de su alteridad en el cuadro. Se pudiera pensar, entonces, evocando al filósofo Gilbert Simondon, que Iribarren alcanza en cada una de sus obras un estado de individuación de las formas en el que se manifestaría en la pintura, con la elocuencia de la luz en tensión agónica con relación a la armadura de las sombras, la potencia, la anticipación, la adventicia posibilidad de otra, siempre inminente y alterada imagen. Luis Pérez-Oramas

Sin tu luz vivo triste de Kevin Simón Mancera. Fotografía colección privada

Texto exposición Kevin Simón Mancera:

La condición humana Kevin Mancera (Bogotá, 1982) 16 de abril al 28 de mayo Conversatorio – sábado 18 de abril de 2026, 3:00 p.m.

La obra de Kevin Mancera está llena de una complejidad que analiza la cotidianidad y los sentimientos más íntimos y propios del ser humano. Las tragedias diarias son exploradas a profundidad, considerando la dificultad de nuestra existencia y las diferentes cargas a las que nos enfrentamos día a día.

En su más reciente proyecto, La condición humana, Mancera recoge múltiples temas que han estado presentes a lo largo de su producción artística. La muestra se divide en tres ejes principales: el cuerpo, lo celestial y el deseo; los cuales ahondan en cuestiones que forjan nuestra realidad.

La primera sección de la muestra explora la idea del cuerpo: aquel estuche terrenal que permite la existencia. Si bien nos permite experimentar los pequeños placeres de la vida, el dolor que también viene con el cuerpo y nos recuerda su finitud y la realidad de que no somos renovables. Una idea que nos cuestiona sobre cómo esto nos define como seres humanos.

La finitud y la conciencia que tenemos de ello nos aproxima a lo celestial, la segunda sección que compone esta exposición. Es el constante recordatorio de nuestro fin el que nos impulsa a buscar algo en lo que creer y a crear algo por lo que nos recuerden. Estos dibujos indagan en la necesidad de la espiritualidad en una época llena de incertidumbre. La permanente búsqueda de algo mayor que nos acompañe y nos guíe en medio de los pesares propios de la vida, para aliviar la angustia existencial que acompaña el inevitable final. Dibujos que reflejan el desasosiego ligado a la muerte.

En la tercera parte de la muestra se indaga sobre el deseo, que determinan nuestra vida y nos impulsa a tomar decisiones que la transforman. La misma experiencia de existir enuncia la insaciable personalidad del ser humano, siempre buscando algo más, nunca satisfecho. Siempre deseando agarrar más y conseguir todo a su paso. Como está mencionado en uno de los dibujos: “todos estamos sedientos de deseo”.

En este sentido, la exposición invita a reflexionar sobre cuestiones que están presentes en nuestra frágil humanidad ¿Qué nos condiciona? ¿Qué nos hace humanos? El acercarnos a estas ideas nos hace ver la vida de una forma específica y nos acerca a lo divino para entender nuestros dolores y sufrimientos. Esto visibiliza la dificultad de vivir, pero también nos acerca a la simplicidad y belleza de esa misma existencia. Catalina Silva Correa

Instalación Juan Iribarren. Fotografía colección privada

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