En esta historia contemplativa sobre los últimos días en el cargo de un anciano presidente italiano, el cineasta italiano opta por la sobriedad en lugar del exceso

La última película de Paolo Sorrentino, La Grazia, a menudo parece una reacción a la recepción crítica de su anterior obra, Parthenope (2024). Obviamente, esto es improbable. Parthenope tuvo éxito comercial en Italia, y esta película ya estaba en producción cuando se publicaron la mayoría de las críticas. Pero una cosa es segura: La Grazia es Sorrentino con un tono más moderado.
Toni Servillo, actor habitual de Sorrentino, interpreta al ficticio presidente Mariano, apodado «Hormigón Armado» por su carácter difícil de doblegar, un líder veterano en los últimos días de su mandato. Debe sopesar tres decisiones importantes mientras mata el tiempo fumando en la azotea del Palacio del Quirinal, intercambiando pullas con sus amigos de la infancia que forman parte de su círculo íntimo y añorando a su difunta esposa. Este dolor se ve agravado por el persistente horror de que ella lo traicionara cuarenta años atrás con uno de esos amigos de la infancia, ahora ministro de Justicia (Massimo Venturiello).
Escuche acá en Cíclope, el pódcast del cine y medios audiovisuales, el análisis que Fernando Ramírez Moreno, su director, hace de La Grazia:
El poder de indulto y la firma o no firma de una ley —retrasándola, esencialmente— son algunas de las facultades significativas que ostenta el Presidente. Y son precisamente estos asuntos los que permanecen sobre el escritorio del Presidente en la película. Hay dos casos de indulto por asesinato: uno de una mujer que apuñaló a su marido mientras dormía y otro de un profesor que estranguló a su esposa, además de una ley que legalizaría la eutanasia.

Su argumento es que la función misma de la burocracia es ralentizar los procesos para evitar decisiones precipitadas. Al finalizar el primer cuarto del siglo XXI, esta idea es casi revolucionaria.
Cabe destacar también que Servillo y Sorrentino han forjado una colaboración creativa de gran calidad y duración. En consonancia con la película, su interpretación es sobria: una muestra de observación y reflexión, meditación y arrepentimiento. En definitiva, trata sobre la posibilidad radical de encontrar soluciones, la aceptación y la resignación ante la muerte.

Cíclope, y nos cansaremos de decirlo, es definitivamente, el pódcast pensado, concebido y realizado, para los amantes del séptimo arte.





