La periodista colombiana, corresponsal freelance radicada en Teherán, es reconocida por su valentía, independencia y rigor al narrar los conflictos de Asia occidental y Ucrania desde una mirada latinoamericana que descoloniza el relato de la guerra y pone a las víctimas y a la experiencia humana en el centro de la historia

La Fundación Gabo anuncia como ganadora del Reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2026 a la periodista colombiana Catalina Gómez Ángel, corresponsal freelance radicada en Teherán, por su valentía, independencia y rigor narrativo al cubrir algunos de los conflictos más complejos del mundo contemporáneo desde una mirada latinoamericana que pone a las víctimas y a la experiencia humana en el centro de la historia.
El Consejo Rector del Premio Gabo —integrado por trece destacadas figuras del periodismo iberoamericano— tomó la decisión por consenso el 30 de abril de 2026. En el acta que sustenta su resolución, reconoce a “una periodista que encarna, con independencia inquebrantable y vocación férrea, el mejor periodismo de una época en que el espacio público está siendo arrebatado por el autoritarismo y los grandes poderes tecnológicos y económicos”. Destaca que su trabajo narra “la guerra desde dos de sus focos más críticos para el orden mundial contemporáneo: Irán y Ucrania, conflictos geográficamente distantes de América Latina, pero cuyos efectos terminan por alterar su vida política, económica y social”.
Gómez Ángel ha hecho del freelance “no solo una condición laboral, sino una postura ética”, subraya el Consejo Rector. Desde Teherán ha construido una trayectoria internacional colaborando con medios como France 24, La Vanguardia, Radio Francia Internacional, Noticias Caracol, la revista 5W, El Mundo y la Cadena SER, entre otros. Su trayectoria resulta especialmente significativa por haberse consolidado en uno de los ámbitos históricamente más masculinizados del periodismo: la cobertura internacional de conflictos.
El Consejo resalta también que “haber crecido en los años ochenta en Pereira, una ciudad donde el conflicto colombiano se vivió de manera más cruda y directa”, le ha permitido contar las guerras del mundo “mirando a las víctimas de igual a igual, sin la condescendencia que suele teñir la cobertura de los grandes centros mediáticos de Occidente”. Esa misma mirada —subraya el acta— “abarca con igual solvencia la geopolítica, la táctica militar y las nuevas formas de la guerra» sin perder nunca de vista a las personas. Y se refleja en un periodismo que «descoloniza la mirada sobre el mundo”, apostando por «la humanidad, la empatía y la presencia física en el terreno» como herramientas esenciales para defender el espacio público y la libertad de expresión.

Catalina Gómez Ángel es la tercera periodista colombiana en recibir este reconocimiento, después de Javier Darío Restrepo (2014) y Jesús Abad Colorado (2019).
Dos décadas en la primera línea de los conflictos
Catalina Gómez Ángel nació en 1972 en Pereira, Colombia, en el corazón del Eje Cafetero, en una generación marcada por la violencia del narcotráfico y el conflicto armado. Estudió Comunicación Social en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá y trabajó en periodismo deportivo y cultural antes de trasladarse a Madrid, donde cursó dos maestrías —una en Creación Literaria y otra en Relaciones Internacionales y Comunicación en la Universidad Complutense—, y dedicó su monografía al análisis de la política exterior iraní durante la era reformista de Mohammad Khatami.
Ese trabajo académico transformó una curiosidad de infancia —alimentada desde niña leyendo cables sobre la Revolución Iraní mientras acompañaba a su padre al estadio— en una apuesta de vida. En 2007, con una visa de estudiante, un diccionario de farsi y los ahorros de la venta de su carro, llegó a Teherán. No para una cobertura puntual, sino para quedarse.
Hoy es la única mujer periodista hispanohablante con acreditación oficial radicada en Irán. Como señala el acta del Consejo Rector, “su mirada se ha forjado en casi dos décadas de residencia en Teherán, su base de operaciones para cubrir una región que pocos periodistas del mundo conocen con su profundidad y su rigor”.
El trabajo de Gómez Ángel se distingue por una convicción que ella misma resume en siete monosílabos: “si no se va, no se ve”. No se considera una “corresponsal de guerra” en el sentido tradicional, sino reportera de realidades complejas en una región donde los conflictos armados son consecuencia inevitable de la geografía.

Desde Teherán ha cubierto episodios decisivos como las protestas iraníes de 2009, 2017 y 2019, el #MeToo iraní de 2020, el levantamiento tras la muerte de Mahsa Amini en 2022, y la guerra de 2026, en la que ha reportado sobre los bombardeos contra instalaciones nucleares y edificios civiles, la muerte del líder supremo Alí Jamenei y la crisis humanitaria en una capital sometida a ataques constantes. También ha trabajado desde Afganistán, Gaza, Turquía, el Líbano, Egipto, Nepal y Kurdistán. Entre 2016 y 2017 fue la única periodista informando diariamente en español desde la batalla de Mosul contra el Estado Islámico, y en Siria reportó desde Alepo bajo las bombas, donde fue retenida momentáneamente por la inteligencia siria junto a su esposo, el fotógrafo Kaveh Kazemi.
Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, su reacción inicial fue apartarse: no era su guerra, no conocía la historia de Europa del Este y llegaba agotada tras quince años cubriendo Asia occidental y central, y el norte de África. Pero terminó imponiéndose la experiencia de su oficio: sabía moverse bajo presión, encontrar un fixer de confianza y encontrar en cualquier víctima el hilo humano universal. Lo que comenzó como una duda se convirtió en un compromiso de tres años.
El 27 de junio de 2023, en el restaurante Ría Pizza de Kramatorsk, un misil ruso impactó mientras Catalina cenaba junto a la escritora ucraniana Victoria Amelina, el excomisionado Sergio Jaramillo y el escritor Héctor Abad Faciolince. Amelina murió días después. “Lejos de apartarla del terreno, ese episodio reafirmó en Catalina un deber con las víctimas de la guerra, y de esa experiencia nació en 2025 el documental Detrás de la guerra, en el que narra la vida de combatientes colombianos en el frente ucraniano y encuentra —como ha hecho siempre— el hilo latinoamericano dentro de los conflictos globales”, remarca el Consejo Rector en su acta.
Premios que respaldan una trayectoria
Además del Reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2026, Catalina Gómez Ángel recibió en 2026 el XIX Premio Internacional de Periodismo Julio Anguita Parrado por su cobertura de conflictos y su compromiso con los derechos humanos; en 2025, el I Premio Internacional de Periodismo David Beriain por su trayectoria como reportera en terreno; y en 2017 el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, en la categoría “Mejor cubrimiento de una noticia en televisión”, por el especial “La toma de Mosul” para NTN24. También ha sido reconocida en dos ocasiones por el Círculo de Periodistas de Bogotá como mejor corresponsal internacional de Colombia y formó parte del equipo de Fusion TV ganador del Scripps Howard Award 2017, en la categoría “Cobertura televisiva en profundidad de temas nacionales e internacionales”, por el documental ISIS Fighters, sobre la lucha contra el Estado Islámico en Siria e Irak.
Catalina Gómez Ángel en el Festival Gabo
Catalina Gómez Ángel recibirá el Reconocimiento a la Excelencia en la ceremonia del Premio Gabo 2026, que tendrá lugar en el Teatro Municipal Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá, el 24 de julio, durante la 14ª edición del Festival Gabo. En este escenario también se anunciarán los ganadores de las cinco categorías del Premio: Audio, Cobertura, Fotografía, Imagen y Texto.
En el marco del evento, Gómez Ángel participará además de una conversación con Carmen Aristegui, miembro del Consejo Rector de la Fundación Gabo; el panel de excelencia ‘Los rostros cotidianos de la guerra’; y un club de lectura Ahora y en la hora de Héctor Abad Faciolince, en el que el autor narra la experiencia que vivieron mientras cenaban en Kramatorsk, Ucrania.
Consulte más sobre la programación del 14° Festival Gabo

Con este galardón, Catalina Gómez Ángel se une a un grupo de profesionales ejemplares que han recibido el Reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo desde su creación en 2013: Giannina Segnini (2013), Javier Darío Restrepo y Marcela Turati (2014), Dorrit Harazim (2015), el equipo de El Faro (2016), Jorge Ramos (2017), Ignacio Escolar (2018), Jesús Abad Colorado (2019), el equipo de Radio Cooperativa (2020), Pedro X. Molina (2021), Juan Villoro (2022), Jennifer Ávila (2023), José Rubén Zamora (2024), Laura Zommer, el equipo de Armando.info y Patrícia Campos Mello (2025).
Sobre el Premio Gabo. Es convocado por la Fundación Gabo con el objetivo de incentivar la búsqueda de la excelencia, la innovación y la coherencia ética en el periodismo, con inspiración en los ideales y la obra de Gabriel García Márquez. El Premio Gabo es posible gracias a los grupos Bancolombia y SURA con sus filiales en América Latina.
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Perfil de Catalina Gómez Ángel escrito por Héctor Abad Faciolince

Catalina Gómez se mueve con soltura en los países más complejos y violentos del mundo, y uno, al ver cómo se desenvuelve por ahí como si tal cosa, lo único que siente es admiración, respeto, y unas ganas irreprimibles de oír sus historias, de casi no creer que sean verdad, y luego, al saber que lo son, de abrazarla y darle las gracias por todo lo que ha vivido, por todo lo que nos ha contado y por todo lo que nos ha hecho ver. Porque eso es Catalina: una mujer que con su mirada nos abre los ojos y nos permite ver más a fondo, es decir, comprender.
Pero más vale empezar por el principio.
Cuando, en el milenio pasado, yo escribía en la revista Semana (en la de esa época, la de Antonio Caballero, Felipe López y Alejandro Santos), su editor más ecuánime, Rodrigo Pardo, me pidió que fuera a la redacción a conversar con los periodistas jóvenes y con los practicantes del semanario más leído en Colombia. Entre estos estaba esa joven de apariencia frágil, Catalina Gómez, que, pese a su envoltura, estaba llena de perspicacia, de preguntas curiosas, y poseída por una firme vocación de ser testigo de las cosas que pasan, es decir, de no ser periodista de oficina y escritorio, sino de campo, de la ciudad, de la calle y la vida. Su lema podría ser el de todos los periodistas de pura cepa: si-no-se-va-no-se-ve, los siete monosílabos que representan a los reporteros de verdad.
Que llegara a ser también corresponsal de guerra no estaba todavía en sus planes, pero años después llegaría a serlo, y de primera categoría. Esta vocación de reportera se combinaba al principio, creo, con alguna faceta más frívola y entretenida (la farándula, el fútbol) y otra más altruista (una dolorosa compasión y comprensión por el sufrimiento de los otros).
La versatilidad vital y laboral de Catalina se manifestaba en su capacidad de vivir y de sentirse cómoda en mundos muy distintos: el de los goles, la moda y los chismes de sociedad, pero también en los reportajes de asuntos más serios y —años más tarde— en la angustia, la devastación y el dolor de la guerra. «Ella es realista y va de hecho en hecho, muy tranquila, sin hacer aspavientos», me dijo alguien que la conoce bien. «Sabe moverse con propiedad en cualquier ambiente, en cualquier parte. Todo lo hace con espontaneidad, empatía y cariño; de un modo discreto y dulce, sin imponerse; es capaz de quedarse con lo bueno de la gente con la que se cruza, solo con lo bueno. Se acuerda de todo el mundo y tiene la virtud de que casi cualquier persona sin excepción le cae bien, genuinamente bien. No habla mal de los otros; olvida los agravios, no se queda rumiando rencores».
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El escritor Ricardo Silva Romero, viejo amigo y compañero de trabajo suyo, me dijo: «Uno siente que puede contar con Catalina en cualquier momento y para lo que sea. Que nos va a acompañar en todo y que si es necesario va a ir con nosotros hasta el cementerio. Que sería capaz de bajar hasta la misma tumba. Como piensa en muchas cosas al tiempo, parece despalomada, distraída. Pero aunque parezca ausente está concentrada y sigue el hilo. Cuando uno piensa que ni siquiera está oyendo, se viene con la solución en las palabras o en los hechos. Nada la envilece ni la hace dejar de ser ella misma. Le saca a cualquier circunstancia el lado bueno, la solución práctica, sin dramatizar».
Ricardo va más allá: «Cata no conoce la cobardía; ni siquiera entiende bien qué es eso; es algo en lo que no piensa, nada la frena, pero no es temeraria ni imprudente ni juega con su vida, y mucho menos con la vida de los otros. Hay un ejemplo de su forma despreocupada (más bien distraída) de vivir: un día antes de irse al fin, después de llevar años planeándolo, a su viaje más importante, a radicarse en Irán, descuidó la cartera en un café y le robaron todo el efectivo que iba a llevar. Hubo que hacer entre muchos una colecta para conseguirle dólares y que no se fuera con las manos vacías; ella de todos modos no pensaba cancelar el viaje».
Tengo una amiga que conoció a Catalina en un momento angustioso de su vida: acababan de diagnosticarle un cáncer complejo y de difícil pronóstico. No se habían visto nunca y, sin embargo, en el sofá donde se conocieron por primera vez, Catalina (que percibía o sabía lo que le pasaba) adelantó su brazo para acariciarle el pelo durante todo el rato en que estuvieron juntas. Fue un gesto del que solo ellas dos se percataron, en medio de un grupo que charlaba sobre cualquier cosa. La amiga mía pensaba que con caricias así era posible resistir a cualquier enfermedad. Catalina lo hacía como un acto espontáneo de cariño, caricia y sanación.
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Quizá yo ahora exagere y la esté viendo con las gafas del presente, pero creo recordar que, desde que la conocí, el carácter de Catalina me pareció el de una misionera (misionera hedonista, de placeres, también de sacrificios, pero no de abstinencia y cilicio) que quería hacer el bien, nunca el mal, a través del periodismo ocular, presencial. Apenas empezaba en el oficio, pero ya estaba obsesionada por relatos reales sobre gente de carne y hueso y sobre situaciones de extrema dureza, a pesar de que, para lograrlo, tuviera que pagar un largo peaje, un noviciado de cargaladrillos, haciendo notas para revistas del corazón, si bien incluso a esto le sacara jugo.
Le pregunto a ella misma por sus inicios y me cuenta: «En mis comienzos trabajé en El Tiempo. Allí, Pacho Santos me metió a escribir de fútbol. A mí siempre me ha gustado el fútbol, y yo cubría el Santa Fe. En la crisis del 98 iba a haber un gran recorte de personal; para mí ese trabajo no era de vida o muerte, así que preferí irme yo para que no echaran a ninguno de mis compañeros, que vivían de eso. Me fui a estudiar creación literaria en Madrid. Y también una maestría en Relaciones Internacionales en la Complutense. En clase nos asignaban un país para estudiarlo, seguirlo; a mí me tocó Venezuela, pero se lo cambié a una compañera venezolana por Irán. Leí mucho sobre Irán. Después volví a Colombia a trabajar en Semana«.
Desde la primera vez que la vi, Catalina tenía esa obsesión, la más inesperada que pudiera tener una muchacha de las montañas del trópico: quería irse a vivir a Persia, así decía ella, más que a Irán, y no a Teherán, una capital tan monstruosa e inhóspita como Bogotá, sino a alguna ciudad menos grande y menos ruda. Por ejemplo, a Shiraz, que ya en el siglo IX era famosa por producir el mejor vino del mundo, y que todavía se resiste, con su manera alegre de vivir, a las normas asfixiantes del régimen islamista. O si no, a Isfahán, por su belleza, aunque, a diferencia de Shiraz, Isfahán fuera muy conservadora. En todo caso, a algún sitio apacible que evocara sin ruido el pasado milenario de esa región del mundo. Que tuviera ese sueño me intrigaba, claro, porque era una ilusión tan lejana que parecía absurda, pero mucho más me impresionó cuando fue capaz de hacer real su sueño.
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Catalina es demasiado sagaz para ser ciega y suficientemente valiente como para callarse la verdad. Por eso, con toda la prudencia de alguien que quiere seguir viviendo en su país de adopción, y no en la cárcel, más que contar la desesperante asfixia de Irán (la censura a la opinión libre, al arte, al periodismo, el agobio político disfrazado de religión, la opresión de la mujer), se dedicó a hacer reportería por el resto del Medio Oriente. En privado no oculta los atropellos de los ayatolas, pero sabe que no puede mostrarlos públicamente sin perder al mismo tiempo el derecho a vivir y a trabajar allá o desde allá. Y ella es capaz de ver también, por debajo de la putrefacta costra teocrática, la linfa y la sangre de esa cultura antigua, sofisticada, que sobrevive en el subsuelo a pesar de la opresión ideológica y religiosa. La poesía iraní, el magnífico cine iraní, la belleza que aún son capaces de producir los persas en arquitectura, en objetos, en palabras, en gastronomía y en imágenes, todo esto como en un acto de tácita y secreta resistencia.
Como siempre me he preocupado por la libertad de la creación literaria frente a la censura totalitaria, en su momento me interesó consultarle a Catalina sobre algunos temas relacionados con lo anterior: el caso de la fetua a Salman Rushdie emitida por el ayatola Jomeini y jamás derogada, por ejemplo. O un caso más cercano a Colombia: gracias a Catalina mi biblioteca contiene también una rareza bibliográfica en lengua persa. Cuando salió en español la última novela publicada en vida de García Márquez, Memoria de mis putas tristes, los editores iraníes publicaron de inmediato su traducción, si bien con un título bastante más higiénico: Memoria de mis amores tristes. Seguramente por el angelical sonido del nombre Gabriel, los censores no leyeron el libro antes de que este estuviera ya impreso y exhibido en las librerías. Pero cuando en Occidente las personas más fanáticas del puritanismo progre pidieron que el libro de García Márquez fuera censurado y sacado de circulación por sus supuestas misoginia y defensa de la pederastia, los ayatolas se dieron cuenta de que quizá el libro aludiera indirectamente a sus propias inclinaciones y ensoñaciones sexuales valetudinarias. Lo leyeron, quizá se vieron reflejados en él (en los ensueños eróticos de una vejez nostálgica) y de inmediato mandaron recogerlo para picarlo o hacer una hoguera. Antes de que todos los libros fueran confiscados y destruidos, Catalina alcanzó a comprarme un ejemplar (uno de los muy pocos que todavía existen en el mundo), que meses después me pudo hacer llegar por los torcidos caminos del contrabando.
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Desde que conocí a Catalina siempre seguí en contacto esporádico con ella, y una y otra vez admiré la valentía serena con que ejercía su oficio en los lugares más peligrosos y violentos del Medio Oriente. Cada cierto tiempo la oía en la radio o la veía en la televisión contando la verdad desde el corazón de las tinieblas: en Gaza, en Siria, en el West Bank al sur del Líbano, en el Irak castigado por Estados Unidos, en las manifestaciones a favor de las más elementales libertades femeninas en Irán. El secuestro, la violación, el exterminio, la cárcel, la tortura, el abuso eran narrados por ella en su tono objetivo y al mismo tiempo dolido. Los horrores y la muerte le pasaban zumbando muy cerca, pero su pequeña figura erguida estaba siempre ahí, sin inmutarse, contando la verdad y las atrocidades de que son capaces los seres humanos. Hace un tiempo me escribió desde Damasco, recién caída en manos de los grupos rebeldes que acababan de derrocar al sangriento dictador Asad, gran aliado de los mismos rusos que están destruyendo Ucrania. Acababa de salir del agua hirviendo, en Kyiv, en el Donetsk (había sido capaz de volver no una sino dos veces a Kramatorsk, y desde allí me había enviado fotos del lugar en que casi nos matan), y se metía ahora en las brasas de Siria. ¿Por qué lo hace? ¿Cómo es capaz de hacerlo? Es un misterio.
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Catalina dejó de vivir en Colombia, creo yo, porque nuestro país (el Tíbet de Suramérica, lo bautizó un expresidente) se vive mirando el ombligo y desde aquí darse cuenta de que existe otro mundo fuera de nuestro mundito ha sido siempre muy difícil. Ella no sirve para ser testigo con mirada de miope solo apta para ver lo más cercano. Le gusta la reportería; no le gusta el periodismo telefónico, las llamadas, las entrevistas oficiales, los artículos que se someten a ojos censores o interesados. Le gusta ir a ver con sus ojos lo que está pasando. A diferencia de Sergio Jaramillo, que es un filósofo activo, pero ensimismado, al contrario que yo, que me paso la vida escribiendo lo que me imagino, ella vive enajenada, pero en el buen sentido: interesada por la vida ajena, por lo que los otros hacen y dicen. Hablo de todo esto con ella y Catalina me cuenta: «Cuando me fui a vivir en Irán no sabía todavía bien cómo contar lo que veía y vivía; no sabía cómo era el oficio, y me preguntaba cómo hacerlo. ¿Quién me iba a encargar artículos sobre Irán?, por ejemplo. De repente vinieron las protestas en Irán, la Primavera Árabe, la guerra en Siria. Empecé a atreverme a ir a los sitios. Rodrigo Pardo fue muy importante; él estaba en RCN y me pedía notas, me apoyaba. En Siria tuve mi primer trabajo de reportera de guerra. En Egipto e Irán, las protestas. En Afganistán también. El primer conflicto que vi fue en Siria en 2011, 2012. La guerra que más he cubierto es Siria. Allá me pasaron muchas cosas. Yo estaba en la lista roja de Damasco, no me dejaban entrar y creí que nunca iba a poder volver. Allí aprendí a hacer televisión. Fue interesante, triste, doloroso».

Le pregunto por su obsesión con Persia y me dice lo siguiente: «Lo de Irán no sé muy bien de dónde me viene. De niña y adolescente leía muchos periódicos; a Pereira llegaba El Tiempo. Yo soy del 72. La guerra de Irán-Irak y la guerra del Líbano fueron importantes en mi adolescencia. En mí fue creciendo una obsesión muy grande por Oriente Medio y el Líbano. La comunidad siriolibanesa ha sido grande y fuerte en Pereira. Algunas de las mejores amigas de mi abuela eran siriolibanesas, y me fascinaba verlas, oírlas, aunque por el lado de mi familia no tengo ningún ancestro medio oriental. Pero en la casa siempre recibimos muy bien a los siriolibaneses. Desde muy joven yo quería ser periodista. Oriana Fallaci fue de lo primero que leí y me llegó muy hondo: su Entrevista con la Historia, su Inshallah, impresionaron mucho a esa niña de provincia que yo era. Terminé el colegio y me fui a Oxford a estudiar inglés. En mi clase había una niña iraní, Negar. Yo sentía fascinación por ella. Era enigmática, interesante, tímida, y también quería ser periodista, de la BBC. Quería ser corresponsal. Yo quería ser como ella.
«Es curioso, muchos años después, cuando llego a vivir a Irán, después de llevar un año allí, me invitan a una comida y una mujer joven me dice: yo te conozco a ti, soy Negar. Era ella. Había logrado ser periodista de la BBC, es más, productora estrella de la BBC. Como siempre pasa en Irán, después le prohibieron trabajar, el Gobierno le quitó el permiso para trabajar con un medio extranjero. Y se le fue apagando el sueño de ser periodista. Negar quedó sin trabajo y en un gran lío vital; su padre había muerto. Había sido también productora para The New York Times y The Wall Street Journal. Le propuse que trabajara conmigo, pero yo no tenía cómo pagarle lo que le pagaban esos grandes medios».
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Le pregunto a Catalina si nosotros dimos papaya en Kramatorsk, es decir, si fuimos temerarios y nos arriesgamos inútilmente. «Nosotros no dimos papaya, no creo», me dice. «Si dar papaya es ir a un lugar cerca del frente de batalla, tal vez. Pero mucha gente lo hace, es lo más corriente entre las ONG nacionales e internacionales, y obviamente entre los reporteros. Es parte de la realidad. Lo que nos pasó no había vuelto a pasar en mucho tiempo en Kramatorsk. Desde la masacre, al principio de la invasión, de decenas de niños a los que estaban evacuando hacia Occidente en la estación de ferrocarril, no había vuelto a haber un gran atentado contra civiles. Esta del restaurante fue la segunda gran masacre. Pero nosotros podríamos haber estado en otro restaurante, uno armenio al que yo quería llevarlos, pero no fuimos allí porque Victoria prefería la pizza y se trataba de darle gusto a ella, de agradecerle que nos hubiera acompañado. La vida quiso que estuviéramos ahí. Cualquier cosa pudo haber pasado; podríamos haber muerto todos, podríamos no tener ni un rasguño, ni siquiera Victoria. Dar papaya es meterse por una carretera destapada cerca del frente, que no se sabe adónde va a dar. O meterse con los soldados en las propias trincheras, y nosotros no hicimos eso. Hacíamos vida de civiles, no de soldados.

«Hay que saber que incluso en la guerra la vida continúa, la vida sigue. Se toman precauciones, pero hay que decidir: o me encierro en una caverna, en un sótano, no salgo nunca de la casa, me quedo en posición fetal en un rincón (lo que tampoco es garantía de nada), o sigo la vida, veo amigos, como, bebo, voy al teatro, me tomo un café en una terraza. Ese restaurante estaba lleno esa noche, como casi todas las noches. Sergio quería ir al Donetsk y la parte del Donetsk no invadida por los rusos es Kramatorsk. Él quería mostrarles a los de ¡Aguanta, Ucrania! cómo era el corazón de la guerra, la invasión desde adentro. Una cosa es Kyiv y otra cosa es esta zona. Él insistió mucho. No sé si sepas, pero primero contactó a Nataliya Gumenyuk. Ella tenía un programa para traer a periodistas latinoamericanos a Ucrania, y ya había llevado a Juanita León, por ejemplo, y a otros periodistas. Sergio me pidió que tratara de organizar un viaje más hacia el este, ya sabes. Hablé con Dima y él dijo que nos llevaba. Y Victoria se unió. Fue una cadena de casualidades. Dima había vivido en Sri Lanka y allá había tenido un amigo colombiano; creo que fue por ese amigo que Dima nos quiso ayudar, y lo hizo casi gratis, solo por los gastos o poco más».
Le pregunto por su regreso a Kramatorsk después del atentado. «Yo sabía que si no volvía pronto no iba a seguir haciendo este oficio. Es como el que tiene una caída grave de un caballo. Si no se monta ahí mismo otra vez, lo deja para siempre. Por duro que sea ponerse un chaleco antibalas con los calores de la menopausia, me gusta mi oficio porque me parece interesante hacerlo, me interesa el mundo. Quiero ir a entender, hablar, preguntar y saber. No que me lo cuente alguien que haya estado; quiero ir yo misma. La gente se traga todos los cuentos. Las cosas tienen muchos matices. Es necesario ir y ver y hacer las preguntas personalmente, mirando al otro a la cara. Tiene que haber gente que vaya a ver y a contar las complejidades de todo, porque si no, a todos nos toca comernos el mismo marrano, la misma mentira.
«La primera vez que volví pensé que nunca iba a ser capaz de parar en el Ria, en las ruinas que quedan de ese sitio. Varias veces no fui capaz. Al fin me acompañó una fotógrafa española que vive en Kramatorsk. Cuando estuve ahí me puse a temblar y a llorar como nunca en mi vida, pero después hice las paces con esa situación».
Me atrevo a hacerle una pregunta incómoda: si ella cree que el hecho de tener o no tener hijos influye en la capacidad de hacer lo que hace. «Tengo clarísimo que no tener hijos es lo que me lo permite», me contesta. «Hay mucha gente, hombres y mujeres, que lo han hecho teniendo hijos, pero luego han tenido que parar, es mucho más frecuente que lo dejen.
«Esa es una de las cosas que me ayudan a seguir en mi trabajo. La segunda es que estoy casada con alguien que hizo este trabajo durante mucho tiempo, y entonces lo entiende sin ningún dramatismo. Kaveh no le da ninguna trascendencia al hecho de que yo venga de la guerra; para él, que yo regrese del Donetsk es como si volviera de Disneylandia. En Irán nadie sabe que yo voy a la guerra. Para mí, mi oficio es mi oficio; no me doy cuenta de que soy valiente. Me quedo aterrada cuando me dicen valiente en Colombia. Toda la gente que me rodea hace lo mismo que yo. No es raro. Es normal. Soy reportera, somos reporteros. No nos sentimos valientes. No le doy dimensiones extraordinarias. Pienso que me falta mucho por aprender; todavía lo hago muy mal. Una y otra vez pienso que la embarré. La vez siguiente lo hago mejor. Eso me mueve a seguir haciéndolo.
«Mentalmente me cuesta mucho no estar activa en ese frente, aquí y allá. Si no, siento que no estoy haciendo nada. Me cuesta parar. Hay un sacrificio personal muy grande, me pierdo cosas de la vida normal, pero son decisiones tomadas muy conscientemente y de las que no me arrepiento.
«Yo creo que la gente que conozco que lleva haciendo este trabajo hace mucho tiempo es como yo, nos gusta ser reporteros, corresponsales. Es una vocación. Me gusta meterme donde es, donde toca. Hace poco, en Siria, llegué a un hotel en el que estaban todos los equipos de la BBC, gente mayor que lo sigue haciendo. Cuando los veo no siento sino admiración por ellos. Mi amigo Jon Lee Anderson estaba ahí en Damasco también. Poder estar ahí, haciendo lo que ellos hacen, me hace sentir orgullosa. Hay que cuidarse mucho. Pero hay que cuidar más la mente que el cuerpo. Hay más peligro de desfallecer mentalmente que de que te caiga un misil.
«Me molesta que en este oficio, si un hombre lo hace, todo bien, normal. A la gente le cuesta más entender que una mujer lo siga haciendo. Perseverando en este trabajo. Cuesta más que la acepten a una como mujer. Y eso a pesar de que la mayoría de los reporteros de guerra, el 65 %, somos mujeres. Cuando la situación bélica se pone durísima, cuando la batalla es total, ahí sí llegan los hombres, y pasan a ser el 50 % de los que cubrimos. Cuando deja de tener eco, cuando tal o cual guerra pasa de moda, ya no, la mayoría de los hombres se van. Quedarse allá cubriendo lo difícil y lo no difícil, los meses de exterminio lento, eso ya no lo hacen tanto los hombres; lo hacemos nosotras».





