El teatro de la ciudad: historias del asfalto

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Por Tatiana Rojas Ramírez

Carrera 16 calle 33. Lugar del primer choque. Imagen de autor

Uno nunca se imagina que le va a pasar. No se puede vivir pensando que la fatalidad tocará a la puerta. Pero sí, a uno también le pasa. Como usuaria de carro, no puedo afirmar que haya sido protagonista ni actriz de reparto en alguna gran tragedia. Aunque, eso sí, he participado en pequeños actos.

Primer acto

Esto ocurrió en 2007. En esa ocasión, conducíamos con mi novio de aquel entonces el Peugeot de su mejor amigo. Nos dirigíamos a Carrefour de la 170 para hacer unas compras. No recuerdo qué día de la semana era, pero sí que eran alrededor de las 4 o 5 de la tarde y la vía estaba bastante congestionada. Íbamos a paso de tortuga cuando un carro nos chocó por detrás.

De inmediato nos bajamos a ver qué había pasado. El golpe hundió la parte trasera del vehículo, y mi novio no sabía cómo enfrentaría a su mejor amigo cuando este regresara de viaje. Estaba a punto de llamar al seguro, pero terminó dejándose convencer por el conductor que nos chocó, quien le propuso arreglar el asunto por fuera y le aseguró que pagaría la reparación.

Tomamos todos los datos del señor y seguimos con la rutina, sin imaginar el calvario que sería lograr que aquel hombre respondiera por el daño.

Segundo acto


De esto hace ya un año. Recuerdo que una tarde iba en taxi hacia la Universidad Los Libertadores, a la ceremonia de un diplomado. El evento iniciaba a las 6:00 p.m. Yo salía de la Candelaria, en el centro. Íbamos por Teusaquillo, carrera 16 con calle 36, cuando una señora en un Mazda 2 Sedán giró de repente a la izquierda. Apenas puso la direccional en ese instante, sin anticipar la maniobra, y el taxi terminó chocándola.

Inmediatamente, los carros se detuvieron. La señora bajó envalentonada. Palabras iban y venían; amenazó con llamar a la policía de tránsito y al seguro. Mientras tanto, la ceremonia del diplomado se iba embolatando. La responsable había sido ella, pero como el taxi la golpeó por detrás, el conductor estaba en aprietos. Aunque no hubo daños materiales ni humanos, más allá de un rayón, el golpe estaba ahí.

Como el automóvil era último modelo, la señora exigía que el taxista respondiera por el rayoncito. Yo, desde el interior, solo miraba y escuchaba, deseando que todo se resolviera con un simple “bueno, no pasó nada” y que cada uno siguiera su camino.
Pero no. La discusión se alargó y complicó. Me bajé del taxi, le pagué al conductor y busqué otro carro para llegar a Los Libertadores, no sin sentir tristeza por el taxista, cuyo sueldo quedaría engrampado.

Tercer acto


Esto ocurrió ayer. Era hora pico y nos dirigíamos por la carrera 7ª hacia el norte, rumbo a un evento en el Hotel Marriott, en la calle 73 con carrera 9. El tráfico fluía y, al llegar a la altura de la 7ª con 53, ¡pum!, un estruendo. Un Mercedes nos había chocado.

Nos detuvimos, bajamos y revisamos la parte trasera del lado derecho, por donde nos golpeó. Por fortuna, el carro no sufrió daños: ni hendidura ni rayón. Al parecer, el golpe fue contra la llanta trasera. Este episodio sí terminó con un “bueno, no pasó nada” y cada uno siguió su camino.

Un tema para pensar

¿Qué quiero decir con esto? Que los accidentes ocurren en un segundo. Que, en la vía, como actores, siempre debemos estar atentos.

¿Qué podía hacer yo como pasajera? Nada. Iba en piloto automático, disfrutando el trayecto.
¿Pudieron los conductores haber hecho algo?
En el primer y segundo caso, sí. Por un lado, los responsables debieron guardar la distancia mínima en vías urbanas, acorde con la velocidad que llevaban en ese momento. Por otro lado, la dueña del Mazda debió poner la direccional con suficiente anticipación.

En el tercer caso, poco. El conductor del Mercedes se salió intempestivamente hacia la izquierda. ¿Por qué o para qué? No lo sé ni lo entiendo. El conductor de mi auto pudo haber reaccionado y esquivado el golpe, pero quizá habría terminado chocando con el vehículo que venía a nuestra izquierda o detrás.

Estas situaciones se dieron en circunstancias tranquilas, en las que doy fe que los conductores se encontraban en buen estado y condiciones óptimas. Pero no siempre es así. Basta mirar las noticias recientes: accidentes fatales provocados por exceso de velocidad o por manejar borrachos.

Entonces, hay que preguntarse: ¿qué está pasando? ¿Qué está fallando? ¿Los cursos de conducción? ¿Las campañas viales? ¿Falta información? ¿Educación?

Tal vez la respuesta esté en la conciencia individual. Porque más allá de las normas, las campañas y los controles, la seguridad vial empieza en cada uno: en la decisión de respetar al otro, de anticipar, de ser prudente. Al final, conducir no es solo mover un vehículo; es asumir la responsabilidad de cuidar la vida propia y la ajena.

Esta serie de blogs dedicados a la cultura vial se han escrito en memoria de todas las personas que han muerto en la vía.

Carrera 7a calle 53. Lugar del segundo choque. Imagen de autor

Consulte el Código Nacional de Tránsito Terrestre Artículo 108. Separación entre vehículos: https://leyes.co/codigo_nacional_de_transito_terrestre/108.htm

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